La actriz Betty Compson, en dos fotogramas de 'The white shadow', dirigida en 1923 por Graham Cutts, con guión de Alfred Hitchcock.
La actriz Betty Compson, en dos fotogramas de 'The white shadow', dirigida en 1923 por Graham Cutts, con guión de Alfred Hitchcock. :: El Norte.

La isla de las películas perdidas

Un proyeccionista de Nueva Zelanda guardaba en su jardín las primeras películas de John Ford y Alfred Hitchcock

24/09/2011 - 00:05
PÍO GARCÍA

La cinta se había pasado casi ochenta años metida en un cobertizo de Hastings, una pequeña ciudad de la isla norte de Nueva Zelanda.

 

La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Los Ángeles ofreció el pasado jueves, 22 de septiembre, un reestreno singular. Los espectadores que se sentaron en las butacas del teatro Samuel Goldwyn, de Beverly Hills, tuvieron el privilegio de contemplar una buena parte de la película 'The white shadow', una cinta muda, firmada por el británico Graham Cutts en 1923. El largometraje narra la truculenta historia de dos bellas hermanas gemelas, Nancy y Georgina Brent, que llevan vidas opuestas: una es amable, serena y de costumbres beatíficas; la otra fuma, bebe y frecuenta los cabarés parisinos. Los expertos aseguran que la cinta no tiene precio. Pero no por su impacto visual o por la abnegada interpretación de su protagonista, Betty Compson, sino por el chaval que escribió el guion, diseñó los decorados, montó las escenas y ayudó al director: un tal Alfred Joseph Hitchcock. Tenía entonces 23 años.

Hasta hace un año, todo el mundo creía que 'The white shadow' estaba irremediablemente perdida. Pero de repente apareció una copia. La cinta se había pasado casi ochenta años metida en un cobertizo de Hastings, una pequeña ciudad de la isla norte de Nueva Zelanda. Cuando el propietario de la finca, Jack Murtagh, murió en 1989, su nieto, Tony Osborne, se encontró en la choza del jardín con cientos de rollos de películas antiguas, almacenadas sin orden ni concierto. Decidió entonces ceder todo ese confuso tesoro al Archivo Cinematográfico de Nueva Zelanda. En 1993, los investigadores descubrieron entre aquellos rollos la única copia conocida de 'Upstream', un insólito drama rodado en 1927 por uno de los mejores directores de la historia, John Ford. Y hace un año anunciaron la sorprendente aparición de los tres primeros rollos de 'The white shadow', uno de aquellos iniciales balbuceos cinematográficos de sir Alfred Hitchcock.

¿Cómo acabaron todas aquellas películas en ese rincón del mundo, a casi 11.000 kilómetros de Hollywood? ¿Y por qué han sobrevivido? En aquellos tiempos, las grandes productoras enviaban varias copias de sus películas para su exhibición en otros países. Los largometrajes, rodados en películas de nitrato, viajaban por Europa, Asia... y acababan en Nueva Zelanda. En los años veinte, casi nadie se atrevía a ver el cinematógrafo como un arte perdurable; era un entretenimiento pintoresco, una simple curiosidad tecnológica. Así que los rollos llegaban a Nueva Zelanda, última etapa de su gira internacional, y nadie sabía muy bien qué hacer con ellos. Los estudios de Hollywood no querían pagar los elevados costes para recuperar las copias y los exhibidores neozelandeses podían quemarlas, tirarlas a la basura o arrojarlas al océano. Como quisieran.

Pero Jack Murtagh era un tipo singular. Quizá fuera un visionario o quizá solo sufriera algo parecido al síndrome de Diógenes. El viejo proyeccionista de Hastings guardaba todo lo que caía en sus manos. «Era una urraca», resuelve Frank Stark, jefe del Archivo Cinematográfico de Nueva Zelanda. «Supongo que sí era un poco excéntrico -ratifica su nieto-. También almacenaba sellos, monedas y hasta las estampitas que venían en los paquetes de cigarrillos. Tenía colecciones enormes».

Setenta y cinco hallazgos


En el cobertizo del jardín de su casa, Jack Murtagh guardaba tres rollos de 'The white shadow' (algo más de la mitad de la película). Todavía no ha aparecido el resto y pocos confían en recuperar el largometraje entero. «Pero solo esos tres primeros rollos ofrecen una oportunidad impagable para estudiar las primeras ideas narrativas y visuales de Hitchcock», asegura con entusiasmo en el 'New Zealand Herald' David Sterrit, presidente de la Sociedad Americana de Críticos y autor de un libro monográfico sobre el mago del suspense.

Los investigadores lo tuvieron bastante difícil para identificar la película, ya que la cinta llevaba el erróneo título de 'Twin sisters' ('Hermanas gemelas'). Pero su estado de conservación era aceptable y al menos ha posibilitado su restauración, que se ha llevado a cabo en Wellington, capital neozelandesa. Incluso el clima de Hastings, suave y seco, se ha confabulado para preservar milagrosamente el metraje, ya que el nitrato es un material frágil y altamente inflamable.

Pero los archivos neozelandeses no solo han deparado estas sorpresas. Hace un año, el 'New York Times' publicaba que 75 películas mudas que se creían perdidas habían aparecido en el archipiélago austral. Además de estas joyas de Ford o del primer Hitchcock, había primitivos 'westerns', comedias de trompazos y obras protagonizadas por estrellas que refulgían con fuerza en los años diez y veinte, como Pearl White o Clara Bow. Muchas de aquellas cintas estaban arrumbadas en el cobertizo de Jack Murtagh. «Mi abuelo amaba Hollywood. Le hubiera entusiasmado saber el impacto que su colección está teniendo allá», sonríe Tony Osborne.

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